5:00 AM

Pasar el inicio de la mañana en calma. Tranquilo. Sin prisas. Sin nada. No recordaba lo mucho que disfruto de las 5:00 para trabajar. No. No para trabajar. Las cinco de la mañana no es una hora para trabajar. Es el momento idóneo para crear, aunque no necesariamente arte. Las 5:00 es la hora en que puedo sentarme de frente al mundo y, al mismo tiempo, de espaldas a él para contemplarlo y contemplarme. Es la hora en la que el café y el té saben más fuerte y el silencio arropa con más misericordia. ¿Tengo que trabajar para abrazar las 5:00? No. Basta con sentarme en el estudio, con taza en mano, a repensar todo lo que he dicho en la semana para sentir que los minutos cuentan. Basta con acariciar tantito el libro que lleva una semana sin moverse del escritorio. Digo las 5:00, pero comienza a las 4:30, en cuanto empiezo a recoger la noche anterior alborotada a lo largo de la recámara. Los papeles o libros que me acompañaron a la cama, los pantalones que no se permitieron un momento para ser colgados, las monedas que expanden sus territorios entre el piso, los zapatos que se esconden de mí y entre ellos. Si han sido días buenos, las envolturas de condones desperdigadas. Etcétera. A partir de las 4:30 todo lo veo con claridad. O, digamos, con mayor claridad de la que acostumbro en lo cotidiano. A esta hora entiendo por qué Cristinita Alfaro cortó conmigo a finales de cuarto de primaria y por qué las cosas no cuajaron con Elena; entiendo por qué abandoné el derecho y por qué dejé el béisbol y por qué nunca termino nada, sin remordimiento; entiendo por qué me fascina incendiar barcas, propias y ajenas; entiendo por qué a ratos paso semanas de productividad desmesurada y por qué la novela que escribo, el libro que traduzco y el ensayo que estructuro no han engordado ni un milímetro solo en meses. A las 5:00 es el momento en que mi vida adquiere sentido casi tangible. Entre sorbitos de café, puedo palpar mis ganas por todo, que al pasar las horas del día se sienten irresolubles, si no es que indignantes. Pero no importa. Digo las 5:00, pero en realidad lo que menos importa es la hora. El tiempo sigue dormido. Cada minuto cuenta, cada instante perdura, cada sentimiento trasciende. Instante travieso en el que no me importa—ni me interesa, ni me preocupa—ser yo.