El titán amarillo

Uno podría creer que entre más grande sea una tienda, es mejor — y probablemente más barata. Cuando vamos a las tiendas de abarrotes o “misceláneas”, nos queda un sentimiento de cierta insatisfacción, el libre mercado nos tiene acostumbrados a tener una gran gama de opciones para consumir, aunque sean completamente innecesarias. Así, siempre preferimos una tienda grande a una pequeña, pues estamos acostumbrados a que en ellas podremos encontrar todo lo que buscamos…

De esta forma, ayer fui a comprar libros a aquel titán amarillo con lila que todos conocemos, con la grandiosa idea de que ahí encontraría los distintos títulos que buscaba. Igualmente, y a modo de premio por tener que gastar en libros de derecho, planeaba comprar dos libros: uno de Sheridan y el nuevo de Piña. Llegué a la tremenda cuanto espantosa librería y las complicaciones comenzaron: esperé 15 minutos en la fila para dejar el auto en el estacionamiento – una fila de dos coches, cabe destacar.

Una vez que bajé del auto y entré a ese Wal-Mart de las librerías, el primer pitufo amarillo se acercó:

– ¿Le puedo ayudar con algo? – me preguntó, el muy cabrón (tengo cierta obsesión con encontrar y escoger los libros que voy a comprar).
– No, gracias – respondí amablemente.

Subí las escaleras y busqué los anaqueles de derecho, saqué la lista de libros que debía comprar y comencé a buscarlos. El primero: nada; el segundo: nada; Vernengo: tampoco; Cruz Barney: ese sí estaba –y bien pinche caro – ; el último: tampoco. “Bueno, no hay bronca, con eso puedo comprar otros libros que sí valgan la pena”, pensé mientras me acercaba a los anaqueles de “Ensayo literario”. Empecé a recorrer los estantes con calma, como quien busca algo, pero prefiere encontrar lo opuesto. Al llegar a la S, me fui con una cautela mayor. “Savater… Se… Si, ¡no hay Sh!”, meditaba mientras observaba, minuciosamente, los libros. No era posible, acababa de ver, a penas un par de días antes, varios ejemplares en una librería enana; por tanto, en ese coloso debían tenerlo. No obstante, no quería solicitar la ayuda de uno de los pitufos amarillos.

Caminé hacia la sección de “Literatura Iberoamericana”, mientras pensaba en qué otra sección podía encontrar el libro de Sheridan – por no decir un libro de él, pues no había ni uno, ni uno solito. En esos anaqueles fui directo al que buscaba: La última partida de Gerardo Piña. Convencido que lo encontraría, ya que es un libro nuevo, al que se le está dando promoción y de una editorial que parece estar de moda, me acerqué al estante de la “P”. ¡Nada!, tampoco estaba. Ahora sí, resignado, me acerqué con uno de los pitufos y le di la lista de los libros que necesitaba.

Buscó en una computadora todos los títulos y me dijo que los únicos que tenían eran el de Sheridan y el de Piña. Feliz, le pedí que me los trajera. Se tardó como 15 minutos y regresó:

– Hay joven, ¿qué cree?, no están, se me hace que llegan como en dos semanas.

Derrotado, fui a pagar el libro de Cruz Barney y decidí ir a buscarlos a la otra librería, la que está al lado, que si bien no es como el Wal-Mart podríamos decir que es como la Comer, para ver si ahí sí estaban. Llegué y busqué primero en la sección de “Literatura mexicana”. Ni uno, ni el otro. Le pedí ayuda a uno de los que atienden:

– Ah sí, espéreme tantito – me dijo y salió corriendo.

Fui a buscar, nuevamente, a ver si podía encontrarlos: nada. Al igual que en la monstruosidad amarilla, me dejó esperando como 15 minutos, regresó y me pidió los títulos de los libros para poder buscarlos en su computadora. Ni uno, ni otro. Fui a merodear otra vez por los anaqueles y encontré dos libros: uno de Rafael Pérez Gay que ya había leído y uno de Meza que ya tenía, pero en otra edición. Los tomé y me dirigí a la caja. Ahí, un señor no dejaba que la cajera atendiera, porque estaba pensando si compraba una revista o no; otros 10 minutos de espera.

Y cuando ya iba a pagar los libros, fue cuando lo vi: El libro salvaje de Juan Villoro. Tomé el libro, y a modo de mnemotecnia proustiana, recordé mi infancia y los muchos libros de A la orilla del viento que leí cuando tenía como 10 años. Tuve una necesidad compulsiva de comprarlo y, en ese momento, todo se me olvidó. Algo superior, probablemente Borges o quién-sé-yo, me recompensó por lo que había pasado. Sólo por eso, regresaré al titán amarillo, y a su vecino de al lado, sólo por eso… será cuestión de ver, qué pasará la próxima vez…

nadien

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