Vivir deja una estela invisible (introito)

Hay un remedo de ciudad, Acapulco, que se encuentra en un remedo de país, México. Dos amigos entrañables llegan en el autobús de las 19:30: el primero, Enrique, se dedica a escribir, no a ser escritor; el segundo, Joaquín, probablemente será presidente o, en su defecto, emperador queretano. Hyndra está por llegar y es lesbiana, cabe aclarar. Hay un evento, quizá el más importante del año, y los tres están invitados. También hay y habrán un sinfín de personajes involucrados pero, por el momento, no vale la pena otorgarles un nombre. Enrique y Joaquín llegan al hotel, la reservación está en orden —una suite con vista al mar, que Enrique había apartado para ir con Elisa, que ya no está. No quieren dormir en la misma cama, sin embargo, parece que no habrá más remedio… hacer cambios a las reservaciones parece casi tan imposible como encontrar un buen libro de literatura mexicana contemporánea. La recepcionista ríe un poco sin sonar falsa:

—No se preocupen, entiendo, cosas de la vida. Veré qué puedo hacer— les dijo en un tono que los animó.

Sin problemas hacen el cambio. Ya no es una suite ni tiene vista al mar, pero hay dos camas que permitirán que los dos descansen. Enrique no lo ha dicho aún y por un rato más no lo dirá: tiene ganas de ver a Hyndra, de cierta forma la extraña, aunque jamás se han frecuentado lo suficiente como para que haya algo que extrañar; no lo sabe todavía, sin embargo, Hyndra siente lo mismo, tiene una necesidad compulsiva de verlo. Mientras desempacan, el teléfono de Enrique suena… es Hyndra… Joaquín hace el intento de escuchar… nada.

—Que llegan como en una hora, al rato nos ponemos de acuerdo para ver qué se va a hacer —le dijo a Joaquín, con la sonrisa de quien vive fuera de la realidad—, ¿vamos a cenar?

Salen a caminar por la costera, en busca de algún restaurante perdido; ninguno les llama la atención. En la terraza de una taquería reconocen a dos mujeres, rubia una y morena la otra, que se hospedan en su hotel; deciden que ahí deben cenar. Pasa media hora y la mesera no les ha llevado su comida, tanto Joaquín como Enrique habían olvidado que en provincia el servicio es más lento. Tranquilidad, tranquilidad absoluta, es lo que hay. Los dos comienzan a creer que, quizá, la noche pasará más serena de lo que imaginaban. El teléfono de Enrique suena otra vez, ahora es un mensaje, también de Hyndra.

El precopeo es Fiesta Americana 220. Al rato t’ digo a dónde vamos. Pero ¡vente!

Joaquín y Enrique pagan la cuenta, se levantan y caminan hacia un destino inverosímil, hasta ahora desconocido para ellos. Entran al hotel, suben al elevador y buscan el cuarto; tocan cuatro veces y un extraño abre la puerta. Hyndra sale desde el rincón y abraza a Enrique, los dos sonríen, los dos se abrazan… pero no tienen nada que decir, sólo se dibujan efímeras sonrisas en sus labios, trazos casi perfectos, dicho sea de paso. En la habitación hay cuatro hombres jugando cubilete y dos mujeres platicando: Hyndra y Alice. Enrique y Joaquín se incorporan al juego, empiezan a beber. En medio de las risas, el plan es revelado: van a ir a Palladium, exclusivo cuanto espantoso antro en una colina acapulqueña. A Enrique le da miedo, nunca ha disfrutado de esos lugares, nunca ha disfrutado ni el ruido ni el deterioro que se ve en esos lugares; pero no le importa, prefiere dejar de pensar en ello.

Conforme pasan los minutos, la gente empieza a llegar al cuarto; ora unos quince, ora unos treinta. Está lleno. Enrique se asfixia y, sin saberlo, Hyndra también. Les dan las once, siguen ahí todos. Nadie toma la iniciativa para ir a su destino. Nadie. Joaquín y Enrique quedan fascinados por el regreso de las Pizzerolas en formato original (sonará a nimiedad, pero lo cierto es que, hoy en día, parecen el único camino seguro a la felicidad). De repente, Hyndra desaparece… unos dicen que ya está en el lobby del hotel, otros aseguran que se fue a dormir. Enrique y Joaquín, junto con Ramos y Estela (los culpables de que hubieran Pizzerolas), logran convencer a las personas… al fin, comienzan a salir.

Al final, de los treintaytantos que estaban, quince son los que llegan al lugar. Joaquín y Enrique pasan de inmediato la infumable cadena de Palladium (iban con Hyndra y Alice, además de dos parejas). Entran los ocho y ven el precio del cover: 650 pesos. Después de pleitos y negociaciones, todos acuerdan que se pagará la entrada. Hyndra y Enrique van en busca de whisky; Joaquín, y todos los demás, quieren bebidas exóticas. No hay whisky, no lo incluye la barra libre. Enrique e Hyndra comienzan a gritarle al cantinero… nada, que no hay whisky. Se enojan pero ríen, esa noche no habrá whisky… quizá eso determine todo. Ellos todavía no lo saben, pero las bebidas tienen unos ligeros toques de éxtasis y adrenalina. El corazón de Enrique empieza a palpitar al ritmo de la música. Las luces del estroboscopio logran que se confundan todos los movimientos. El sonido es tan estridente que se convierte en silencio, perfecto mutismo. Un par de ojos zarcos atraviesan la pista de baile. Nadie sabe qué es lo que sucede. Regresan a la barra, Enrique e Hyndra, y sigue sin haber whisky. Igualmente, todos los demás rellenan sus tragos. La noche se entremezcla con sus cuerpos. Comienzan a beber… Comienzan a bailar… Comienzan a vivir…

Continuará…

Introito

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Un comentario en “Vivir deja una estela invisible (introito)

  1. Oye oye oye Spamalot… ¡¿cómo qué no?!

    ¿quiere usted un buen libro de literatura mexicana contemporánea? Lea a Roberto Bolaño (ya sé que no es mexicano, pero es mexicano prestado y esa es la buena literatura mexicana contemporánea). ¡Y sonría!

    Saluditos.

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