Vivir deja una estela invisible (resaca)

… Sonríen, todos sonríen. La música comienza a perder toda la armonía que en algún punto alcanzó. Joaquín, el futuro prócer mexicano, y Enrique, el escritor tirado a la mierda, disfrutan el momento, pierden todo el respeto que el mundo alguna vez les mereció. Por escasos segundos, ambos olvidan todas las desdichas y cuitas existenciales que les aquejan. La adrenalina extingue el universo, petrifica el tiempo. La destrucción parece inevitable. La perdición es, quizá, el último escape posible. Enrique desvía la mirada y se intromete en un mundo que le es ya ajeno; formula inverosímiles ucronías de lo que pudo haber sido. De pronto, se encuentra, nuevamente, en esta sórdida realidad que le parece tan repugnante.

Alcohol. Todos necesitan más alcohol, pero quieren seguir bailando; al fin y al cabo, las desdichas se olvidan con el baile. Ricardo y Jenaro, también jóvenes malditos, se acercan a Hyndra, la poeta en catarsis. El éxtasis, incluido en las bebidas, comienza a surtir efecto. Enrique ha olvidado, completamente, la tirria que le tiene a este tipo de lugares, exclusivos cuanto espantosos. Sin embargo, necesita descansar; le “duele la cabeza y el universo”, como dijo alguna vez Pessoa. Joaquín ha desaparecido y Enrique no volverá a saber de él hasta el día siguiente. Ya nada tiene sentido… ya nadie tiene sentido. La adrenalina proporcionada por las bebidas ha desaparecido, son ellos mismos los que generan toda la energía… son ellos mismos los que quieren seguir viviendo. Ricardo, Jenaro e Hyndra son absorbidos por una vorágine de locura. Nadie sabe qué va a pasar, ni el mismísimo todopoderoso podría advertirlo.

Hyndra se aleja de Ricardo y Jenaro, quiere whisky; le pide a Enrique que vayan por más alcohol. Jenaro decide rellenar, asimismo, su vaso. El episodio con el cantinero se repite por tercera ocasión… nada, que no va a haber whisky. Regresan los tres a la pista de baile; ahí los esperan todos los demás. Jenaro encuentra una gringa disponible y decide acercarse; lo logra exitosamente. Mientras tanto, Alice, Romina y su novio platican con Enrique. El alcohol sigue fluyendo. Las carcajadas, honestas todas por el efecto de la droga, musicalizan el ambiente. De pronto, en un par de instantes, han pasado tres horas. Hyndra se quiere ir, pues ya no tolera ni su cuerpo ni la música. Muchos ya se han retirado, sólo quedan Alice, Ricardo, Jenaro, Enrique e Hyndra. Nadie más. Son las seis de la mañana y ya nadie sabe ni quien es quién.

Los cinco regresan al 220 del Fiesta Americana e Hyndra le pide a Enrique que si pueden platicar. Él acepta, el sueño lo mata pero siempre es agradable charlar con una poeta. Ninguno de los dos logra formular una oración completa y deciden posponer la plática. Enrique se regresa caminando a su hotel y se va directo a la cama. No puede conciliar el sueño; el ron, el tequila, el vodka y la ginebra se entrometen en lo más profundo de sus pesadillas. Pasan unos minutos y Joaquín entra a la habitación. Está vivo y tiene ambos riñones. Enrique le pide que vayan a cenardesayunar. Preguntan a la recepcionista por algún lugar abierto… nada, que sólo el OXXO. Se resignan y van, ambos piensan que no es la manera perfecta de terminar la noche, pero es una forma de concluir al fin.

Las horas de sueño pasan sin pena ni gloria. Enrique despierta alrededor de las diez de la mañana y no puede ni con su alma. Su cuerpo lo castiga, vengándose por la noche anterior. Necesita agua, urgentemente. Decide despertar a Joaquín… le pregunta que si quiere algo de la tienda. Joaquín, también, quiere agua. La resaca los destroza desde adentro. Ambos resienten, terriblemente, soberana narcotizada que les propinaron la noche anterior. El tiempo pasa y la cruda se intensifica. Enrique y Joaquín requieren comer, sus cuerpos exigen mariscos. Así, deciden ir a desayunarcomer. Caminan un kilómetro por la costera y llegan al restaurante. Disfrutan la comida, ambos vuelven a la vida.

Su regreso al hotel es por la playa. Caminan gozando de aquello que no es agua ni arena, la orilla del mar, que se desliza entre los dedos de sus pies. Platican sobre lo que acaeció el día anterior… siguen, y seguirán, sin poder creerlo. Cuando se acercan al hotel, se encuentran a Ricardo y Jenaro a las afueras del Fiesta Americana, ellos también tratan de sobrellevar la resaca. Enrique y Joaquín se quedan un rato ahí, se sientan con Alice e Hyndra… todos están sorprendidos por la noche anterior… todos se han dado cuenta que estuvieron drogados. Después de algunos minutos, Joaquín y Enrique se regresan a su hotel, quieren dormir un par de horas antes de la boda (sí, el evento quizá más importante del año es la boda de Ale, una de las mejores amigas de Enrique).

Ambos duermen unas tres horas en los camastros de la alberca y regresan a su habitación para cambiarse. Van sucediendo todas aquellas cosas que deben suceder para que llegan a El Cano. Enrique, disfrazado de Gabriel García Márquez, y Joaquín, disfrazado de José López Portillo, no alcanzan lugar entre las sillas para presenciar la ceremonia; se quedan en unos sillones que están hasta atrás. La ceremonia comienza. Empiezan a entrar las damas de honor con sus respectivos acompañantes. Ahora el novio recorre el pasillo. Todos los invitados están conmovidos… todos los invitados sonríen. La emoción no se hace esperar. Ale está a punto de entrar, el primer rostro que ve es el de Enrique; es feliz, no puede creer que ya llegó el día. Enrique la mira e inmuta, siente un haz de felicidad que recorre su espina dorsal. Sin que nadie lo vea, una tierna lágrima sale de su ojo izquierdo y empieza a peregrinar, con tranquilidad y alegría, hacia sus labios…

Continuará…

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