Vivir deja una estela invisible (júbilo)

Todos aplauden, la ceremonia ha terminado. Hyndra y Romina llegan tarde, recién terminados los aplausos. Enrique las mira, Hyndra lo nota y sonríe. Se acercan. Platican un rato. Los meseros comienzan a salir de todas partes, ofrecen tragos variopintos… daiquiris probablemente. Joaquín conversa con el novio de Romina, un técnico nuclear estudiante del doctorado en Electromagnetismo cuántico aristotélico. Hyndra y Enrique le preguntan a un mesero que si habrá whisky; la respuesta es afirmativa, tal vez eso determine todo. Ale y Bruno van a la playa, es hora de la sesión fotográfica. Joaquín y Enrique se encuentran a un par de amigos, Ángel y Alejandro. Hyndra se acerca a Enrique y le susurra al oído que si cuando se sienten le puede llevar un vaso de whisky. Después de una hora de cóctel y fotografías, los invitados toman asiento en sus respectivas mesas. La felicidad propia de una boda se adueña de la arena, Acapulco (aquella ciudad tan infame) se viste de blanco.

Antes de cualquier cosa, Enrique pide dos whiskys (con soda de chaser) y le lleva uno a Hyndra; brindan y sonríen. A Joaquín y Enrique les toca la mesa 9, al lado de la pista de baile. Están sentados con lo que parecen ser tres parejas. “Por lo menos, no es la mesa de los solterones”, piensa Joaquín con alivio. Conversan los ocho por algunos minutos: sobre política, sobre Monty Python y sobre el amor. Enrique mira, a cada tanto, el menú de la cena:

Crema:
Crema de nenúfares con bolitas de melón rellenas de sílfides luminosas

Entrada:
Ensalada rosacrucista con aderezo esotérico

Plato fuerte:
Gambas de las áfricas occidentales bañadas en aceite de Jascoyne conquistada

Postre:
Pastel de bodas relleno de mazapán protoindoeuropeo

Los meseros empiezan a servir la comida. Por cuarenta y cinco minutos el mutismo es casi absoluto; sólo se rompe por las personas que piden las canastitas de pan. Terminan todos de cenar. Los novios van a partir el pastel, pero antes se debe brindar. Todos quieren dar algunas palabras. El primero es Pepe —mientras habla, en un inglés soporífero por lo demás, quince británicos mueren. Ricardo, por más que la gente presiona para que lo haga, no se anima. Alejandro da un discurso bastante emotivo en francés; a nadie le importa, nadie le entiende. Enrique piensa hacer lo propio, pero la indolencia le gana; podría hacerlo en comorano, aunque nunca le ha importado llamar la atención. Ale y Bruno parten el pastel, y la fiesta comienza.

Hyndra se acerca a Enrique, le pide que bailen; Alice requiere de Joaquín lo mismo. Las horas pasan volando. Todos en la fiesta se divierten. Los minutos se desgastan con las suelas de sus huaraches. A las tres de la mañana, Ale le pide a sus amigos que tiren a Bruno al mar. En el acto, Enrique se empapa. Ahora las mujeres tiran a la novia en la alberca. De repente, sin que nadie se dé cuenta, todos están en el agua; la fiesta se vuelve un espectáculo linfático. Joaquín y Enrique deciden sentarse un rato; el prócer platica con Manuel, un economista weberiano, mientras el escritor conversa con Emma, una mujer salida de la ficción más borgiana posible. El alcohol, a modo de canéfora, no deja de fluir, no deja de proporcionar a sus cuerpos lo necesario para existir.

Hyndra debe tomar un autobús con dirección a la ciudad de México a las seis de la mañana; le pide a Enrique que la acompañe a la terminal. Salen de El Cano, acompañados de Joaquín, Ricardo, Alice y Jenaro. Cuando pasan por el Fiesta Inn, Enrique y Joaquín se separan; Enrique le dice a Hyndra que la alcanza en unos minutos. Todos los demás planean continuar el festejo. Joaquín decide dormir y le desea buena suerte a Enrique, pues lo nota cansado. Enrique llega al 220 del Fiesta Americana, lugar en el que comenzó todo. Ricardo, Alice y Jenaro cuentan chistes; sus risas armonizan la habitación. El alcohol ya los consumió por completo.

Enrique busca a Hyndra por todo el cuarto. No la encuentra. Ella está en el balcón, mirando las estrellas con perfecta tranquilidad, consumida por el fulgor propio de la oscuridad. Enrique toma asiento al lado de ella. Al fin, después de dos días eternos, pueden platicar:

—Te extrañaba, ¿sabes?— le dice Enrique, mirándola fijamente a los ojos.
— ¿Por qué? No hay nada que extrañar. … Aunque… debo admitir que yo también te extrañaba, no sé por qué tenía cierta necesidad de verte.
—Cosas del destino, supongo.

Ambos platican por treinta y nueve minutos; sobre el amor, sobre la confusión propia de cualquier veinteañero, sobre la hermana de Hyndra y sobre la escritura. Ni uno ni el otro sabe en qué mundo vive; ni uno ni otro está dispuesto a aceptar la realidad que los rodea. Concluyen que, probablemente, es por eso que escriben: en las letras encuentran la forma de abandonar este mundo. Enrique e Hyndra se levantan y salen del hotel. Toman un taxi que los deja en la terminal de autobuses. Enrique la acompaña hasta la puerta. Se abrazan y, nuevamente, se ven trazadas efímeras sonrisas perfectas en sus labios. Hyndra besa, con ternura, la mejilla de Enrique. Se despiden… vuelven a sonreír. Enrique se aleja despacio, cierra los ojos y recuerda cada escena de lo que ha pasado en los últimos dos días… Siente, extrañamente, una paz inexplicable, un centelleo de tranquilidad que irradia desde lo más profundo de su corazón…

Concluirá…

luces-autos

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4 comentarios en “Vivir deja una estela invisible (júbilo)

  1. Si la felicidad se encontrata en algún otro medio que no sean las letras y/o una mujer. Sera entonces en el rampante estudio de un doctorado en Electromagnetismo cuántico aristotélico o en el impune deguste de un aderezo esotérico.

  2. Extraño de repente, incurrir al mismo peligro de embelesarnos en el agua; para que de forma exclusiva, y a raíz de su contemplación, volvamos a preguntarnos todo en cuanto la existencia…

  3. Groso!!
    tu primer parrafo me fasiono a tal grado que no pude dejar de leerlo. el detalle y los contextos, el placer de no comprender tus platillos y forzarme a entenderlos.. Gracias.

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