Vivir deja una estela invisible (concluya)

Joaquín despierta. Son las once de la mañana y Enrique no da señales de que despertará pronto. Antes de salir, el prócer pone el despertador, deben hacer el check-out a la una y no quiere que su amigo se quede dormido. Se va a caminar por la playa, a disfrutar su último día lejos de la realidad. Recorre algunos kilómetros observando a la gente. Mientras, Enrique a penas despierta. La resaca carcome sus entrañas. Nuevamente, necesita mariscos. Prende la televisión y se pierde unos treinta y siete minutos en inútil zapping. Se baña, se viste y recoge todo; empaca sus pertenencias a la perfección. Joaquín regresa y salen del hotel, dejando sus maletas en el lobby, para ir a comer.

Regresan al mismo restaurante del día anterior. Enrique pide lo mismo y Joaquín decide comer Pulpo napoleónico a la Magris. Se quedan un par de horas en el balcón del lugar, contemplan con tristeza y felicidad el mar, por última ocasión. Regresan al hotel por sus cosas y toman un taxi a la terminal de autobuses. Son las tres de la tarde y, a pesar de que todavía no la sienten, la fatiga comienza a llegar. Joaquín se acerca a comprar los boletos para regresar… nada, que ya no hay; a ninguna hora, tendrán que viajar al día siguiente. “Un momento”, dice la señorita, “hay dos boletos, pero llegarían al aeropuerto, no a Tasqueña, ¿no importa?” Deciden tomar ese camión, no tienen de otra. En esta vida, ya es casi imposible robarle un día, aunque sea uno, a cualquier agenda. Se sientan a esperar, falta hora y media para que salga su autobús. Joaquín va a la tienda para comprar suministros para el viaje, por aquello de que les dé hambre en el camino. Enrique se queda ahí, escuchando canciones que desgarran su alma.

Joaquín regresa, con una sonrisa gigantesca en el rostro:

— Güey, sigo sin creerlo, ¡qué chingón que las Pizzerolas están de regreso!— le dice a Enrique, mientras le entrega una bolsa de tan maravilloso idilio.
— Ya sé, son el único camino seguro a la felicidad.
— Oh sí, deberían gobernar México.

Se suben al camión. Enrique, inmediatamente, se queda dormido. Joaquín lee un rato y después pasa también al etéreo mundo de los sueños. Llegan a otro remedo de ciudad, la de México. En el aeropuerto, Enrique le habla por teléfono a su padre, le pide que si le puede hacer el favor de pasar por él a casa de Joaquín, que harán 45 minutos de viaje en metro para llegar, que le calcule más o menos. Comienzan el primero de tres viajes. El silencio es inminente, están demasiado cansados como para conversar. Al transbordar en la estación Pantitlán, el metro se tarda unos 20 minutos en llegar, pero el mutismo permanece vigente. Se suben al tren y, a lo largo del recorrido, Enrique mira pasar la ciudad, casi tan tranquila como ellos. Las imágenes desfilan frente a sus ojos amodorrados, todo lo que sucedió aparece a modo de película; un brillito, tenue cuanto poderoso, que es el hilo de la savia. Voltea a ver a Joaquín. Están en este mundo, con todo lo que eso implique: el alcohol, la fiesta, la diversión, el baile, las Pizzerolas, la felicidad, el amor, el cariño, la amistad, el desamor, la desazón, la alegría, las crudas, las ucronías, etcétera. Se da cuenta que en esta realidad navegarán hasta donde les sea posible, siempre con una sonrisa en sus labios, pues, como bien diría Gabriel Zaid, “vivir deja una estela invisible.”

ciudaddemexico

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