Iunia y yo

A los cuatro años tuve mi primer libro que, también, era mi almohada favorita: What Does Baby Kermit Say? (Random House Childrens Books, 1988); desde entonces no he dejado de leer. Un año más tarde, escribí mi primer cuento: El cocodrilo chimuelo; de ahí en adelante, nunca pude dejar de escribir. Llevo poco menos de diecisiete años garrapateando sobre lo que encuentro: paredes, cuadernos, servilletas, hojas sueltas, tela, libros, madera, libretas, agendas, tazas, la tesis de mi mamá, exámenes y tareas de los alumnos de papá, flores, estrellas, la luna, brazos, chichis (alguna vez borracho en la Česká), yesos, leyes, tarjetas, con la computadora por supuesto, ropa, muebles, moleskines y un longuísimo etcétera. Por muchísimos años, me fue indiferente con qué escribir. Siempre me dio igual si era una pluma, un lápiz, una crayola o un teclado. Sin embargo, todo cambió cuando llegó Aelisa.

Aelisa apareció en mi vida el primer día que tuve clases en la universidad. Mientras desayunaba, mi padre se sentó a mi lado, abrió su saco y, del bolsillo interior, cogió su pluma. Una preciosa Cross verde, viejísima, que nunca me había gustado, pero que siempre me hipnotizaba cada vez que papá la utilizaba para firmar sus cheques. Tomó mi hombro derecho y con muchísimo dolor y cariño me la entregó:

— Ten, un universitario no puede andar por la vida escribiendo con plumas Bic— me dijo, mientras la tomaba entre mis dedos.

Así, sin más me dio a su compañera; se quedaba sin quién le ayudara a firmar sus cheques. Al principio, detesté a Aelisa con toda mi alma. Ni siquiera merecía tener nombre en ese entonces. Me peleaba con sus trazos, con su rebeldía. Me fallaba cuando más la necesitaba y se burlaba de mis cuentos escupiéndoles chorros color azul rey. En fin, no la llevábamos bien. Nada bien. Pero pasaron las semanas, los meses y los años, y poco a poco nos fuimos entendiendo. El primer paso fue darle un nombre: Aelisa, Elisa o Safo se iba a llamar. Escogí el primero porque sí, porque el nombre me fascina, y porque esa pluma hermosa tenía cara de Aelisa. Punto. Punto final de la discusión. Y conforme pasó el tiempo, ella no sólo fue mi pluma, se convirtió (aunque suene cursi) una extensión de mí.

Con Aelisa me suicidé después de encontrar el amor; en otra ocasión recorrimos las calles de París bebiendo güisqui comorano y buscando a Malvina; también recuerdo la vez que nos asqueó ver a los jóvenes politiquillos en acción; y, lo mejor que vivimos, quizá, fue cuando no podíamos escribir un cuento por miedo a no ser creativos; entre muchas otras historias que trazamos juntos. Éramos el uno para el otro, debo admitir. Pero un día que mejor preferí olvidar, llegué a casa, me quité los zapatos y me acerqué al escritorio. Abrí el saco para sacar a Aelisa y colocarla en su estuche, como siempre lo hacía, sin embargo, no estaba. Me desesperé. Busqué como loco en mi mochila, en la casa, hasta en el baño. NO ESTABA; no era posible. Se me paralizó todo el cuerpo. Sentí un fusilazo helado por toda la espina dorsal. La perdí y nunca supe cómo fue —quiero creer que hace a alguien muy feliz y que está bien cuidada—.

Mi forma de escribir depende de la época. A ratos debo hacerlo en camita recién despertado, amodorrado todavía, hasta que el hambre subyugue a mis ganas de escribir. Han habido meses en los que debo escribir en lugares públicos; llenos de ruido y vida logran hacer que las palabras fluyan con mayor tranquilidad. Últimamente no puedo escribir si no es en mi estudio, con mis libros, con una botella de Jameson a un lado y con una de Perrier al otro, con cantidades industriales de cigarros y tres Borges que custodian y revisan el proceso. En fin, nunca he tenido un método fijo para escribir, mi hábito es itinerante. Pero hasta antes de aquel día plomizo, en el que Aelisa se fue para siempre de mi vida, hubo una constante: ella, precisamente, aquella Cross preciosa que recordaré con gran cariño perenne.

Poco después de perderla, mi ahora ex-novia, al ver la tristeza que me causó su desaparición, me regaló una pluma Lamy hermosísima; plateada, elegante, de porte singular, que irradia destellos de belleza en cada milímetro de su composición, cual muñequita rusa perfecta. Me fascinó. Cuando la fui desenvolviendo, grité de la emoción, de la felicidad. Fue, indudablemente, el regalo perfecto. Pero, como sucedió con Aelisa, no me pude acostumbrar a ella rápido. Por poco menos de un año, a pesar de que ya me había acompañado a lo largo de distintos textos, no nos entendíamos. Se rebelaba demasiado, la muy infeliz, y no le gustaba lo que escribíamos; me regañaba a cada tanto. Obviamente, por más que quise nombrarla, por mucho tiempo me fue imposible. Esa pluma nueva no aceptaba los nombres que le daba.

Sin embargo, hace a penas unos días todo cambió. Sin que nos diéramos cuenta, la relación era perfecta. Ya nos entendemos, ya somos (otra vez, aunque suene cursi) parte de lo mismo. Incluso, ya tiene nombre: Iunia. ¿Por qué?, pues porque tiene cara de Iunia y porque le gustó el nombre. No me escupió cuando la nombré. Le gustó y lo porta con orgullo. Iunia y yo nos queremos, y nuestra relación parece más poderosa que la de muchas parejas. Hemos despertado siendo otros en Berlín, mientras descubríamos el verdadero significado de la existencia; hemos desgañitado en contra de la mediocridad en nuestro país, en distintas ocasiones, creando incluso algo que un buen amigo llamó una “semi-poética de la interrupción”; hemos conversado, con miles de personas, sobre las obras de Paul Auster, Julián Meza, Alan Bennett, Antonio Ortuño, Claudio Magris, Juan Villoro, Gerardo Piña, George Steiner, Rafael Pérez Gay, Eduardo Langagne y Tryno Maldonado, entre muchos otros; alguna vez pusimos, junto con una persona muy especial, a prueba la historia; y, por supuesto, tuvimos algo que Guillermo Vega Zaragoza llamó “conversaciones musicalizadas con el mismísimo Dios”. Y, sin embargo, esto a penas comienza.

Así las cosas con mi eterna compañera, quien parece lo único que hace sentido en este mundo, triste y desolado.

pluma

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3 comentarios en “Iunia y yo

  1. No precisamente plumas, pero yo también he perdido Aelisas y encontrado Lunias. Unas nunca remplazan a las otras, pero se hace lo que se puede. Tal vez por eso me encantó este post.

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