Hoy no murió un periodista

Advierto: Lo que sigue está escrito con el intestino, sin un ápice de raciocinio.

Recuerdo la primera vez que lo ví, lo recuerdo a la perfección. Me sorprendió muchísimo su cicatriz… y como buen niño hice la estúpida e incómoda pregunta, mientras mi madre me pellizcaba por debajo de la mesa. Él sonrió y me dijo que se la había ganado porque le gustaba andar por la vida haciendo preguntas innecesarias. Me apené y asusté muchísimo, pero supongo que valió la pena… así siempre he podido recordar ese día. Desde niño, su casa siempre me pareció un universo alterno. En ella se podían encontrar cosas tan interesantes como cantidades infinitas de premios de periodismo regados en cualquier lugar, una foto de la tierra firmada por la tripulación del Apolo nosécuál, muchísimos trenes y, quizá mi favorito, un Snowspeeder de juguete que desde que tengo memoria hasta la fecha ha estado encima del piano, entre muchísimas cosas más. Recuerdo con muchísimo cariño su casa. Cuando tenía 8 años, la primera vez que internaron a mi padre en el hospital, pasé una semana con ellos, Benja y su esposa. A lo largo de esos siete días aprendí algo nuevo siempre… mientras jugaba con sus colecciones de cochecitos o trenes, Benja me contaba milyuna historias que obviamente para mí no tenían ningún sentido y/o relevancia. Durante la década de los setenta, él fue un periodista muy reconocido. Incluso, fue de los intelectuales que ayudaron a traer el Tláloc al DF. Esa anécdota, por cierto, me la contó la última vez que lo ví. A Benja le encantaban las anécdotas; le fascinaba narrar todo tipo de historias, siempre y cuando hubieran un par de oídos dispuestos a escucharlo. Conforme pasaron los años, dejé de ser un actor pasivo en las conversaciones. Siempre he tenido presente la primera vez que fui invitado a hablar, cuando tenía unos 16 o 17 años. Hablamos sobre Nietzche… cuando yo creía que entendía a Nietzche, a pesar de que era un escuincle ignaro y baboso —bueno, tal vez la única diferencia con la actualidad es que ya no soy tan escuincle. A la mitad de la conversación, se levantó de la mesa y me pidió que lo acompañara. Fuimos a la cocina y de un cajón sacó un mantel que tenía un sinfín de frases ocurrentes, y me enseñó una que decía “Dios ha muerto, Atte. Nietzche; Nietzche ha muerto, Atte. Dios.”

—Ya ves, para que te des cuenta desde ahorita que Dios es cabrón— me dijo, mientras mostraba una sonrisa capaz de desarmar al mismísimo Diablo.

Cuando empecé a publicar siempre tuvo un buen consejo para mí; siempre se mostró interesado en seguir mi carrera como escritor. Cada vez que lo veía, me reclamaba que por qué todavía no le había dedicado algún texto. La última vez que nos vimos, me dio una última recomendación: “Nunca publiques bajo seudónimo.” Quizá fue el más trivial de sus consejos, pero al igual que con lo de su cicatriz siempre lo recordaré. Las últimas semanas estuve hablando por teléfono con él, para que me rescatara de algún apuro o, en su defecto, para escuchar una voz septuagenaria más juvenil que la mía. Respondía diciendo “¡¡¿Qué pasa?!! ¡¡¿Qué pasa!!? ¿Qué hay de nuevo?” y yo, simplemente, le decía que lo invitaba a tal o cual lado. Sin importar qué le dijera, siempre decía “¡¡¡¡Ay, mano!!!! No puedo, ando “medio malito”, pero a ver si la próxima semana que me sienta mejor vamos por unas chelas o unos roncitos.” A penas hablé con él hace una semana y hoy recibí la llamada que disparó el escopetazo, tan frío como el cero absoluto, que paralizó todos mis sentidos…

Hoy no murió un periodista excepcional; hoy perdí a un amigo entrañable.

periodista

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