Un par de ojitos, muy bonitos

[En reproducción: Fake Palindromes, de Andrew Bird] Abro el libro, Todo está permitido, de Óscar de la Borbolla. Me da un poco de comezón en la oreja, quito el audífono y me rasco. [En reproducción, en las bocinas del micro: Por tus pujidos nos cacharon, de Grupo Marrano] Una chaira sube al camión. A CU, por fa, dice. Yo regreso a la lectura: “Uh, que la chingada” es la fórmula en la que Gabriela y su madre se tocan, como el futuro y el pasado se tocan en el angosto presente. “Uh, que la chingada” es el presente. La chaira se sienta a mi lado. Intenta ver qué leo; yo intento frustrar su atrevimiento. De la Borbolla es bien chido, me dice. Uh, que la chingada, ¿por qué me dirige la palabra?, pienso, mientras me quito los audífonos y, sin voltear a verla, le digo que sí, que escribe muy chingón. Parece que la conversación ya se acabó. Regreso a mi mundo.

[En reproducción: Cape Cod Kwassa Kwassa, de Hot Chip y Peter Gabriel] Que si está bueno, me pregunta. Me quito los audífonos, cierro el libro, algo enojado. Sí, está muy bueno, te lo recomiendo, le respondo y ahora sí la miro y, ahora sí, no mames, de esos “no mames” que valen la pena. Un par de ojos hermosos me miran. Pero bien bien bonitos, de esos que los poetas dicen que son luceros y universos y patrias y no sé cuánta madre más. Y, pues, así, las cosas cambian. Que si le gusta Proust o que si está emocionada porque los Pumas serán campeones. A mí me vale madres lo que dice, sus ojos me traen bruto. Me pregunta que a dónde voy; evado su cuestionamiento y le digo que À la recherche es un librazo. Y qué escuchabas, prosigue con el interrogatorio. Miento. Intento sonar más interesante. No funciona, no le gusta esa banda. Sigo mirando sus ojos. Algo le faltan. No sé qué es. Una mirada más linda, quizá. Hace poco descubrí que unos ojos lindos no bastan, requieren de un atisbo poderoso para poder encantar. Últimamente, me he dado cuenta que un par de ojos bonitos se encuentran en cualquier esquina, pero una mirada, que valga la pena, es casi imposible de hallar. La chaira es un claro ejemplo de ello. Que si nos vamos por un café, me dice, mordiéndose con ternura y sensualidad el labio. Lo siento, respondo, tengo un compromiso. Está bien, me deja su teléfono y se baja del micro. Me vuelvo a poner los audífonos. [En reproducción: Minutos de aire, de Quiero Club] Qué lástima, reflexiono, le faltó algo… Una mirada, tal vez. Un par de ojitos, por muy bonitos que sean, no son suficientes.

ojoazul

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