Una de nombres

Por muchísimos años mi nombre me fue más que indiferente. No me gustaba, incluso. No podía entender por qué mis padres me habían llamado “Raúl”; peor aún, no me explicaba por qué, además, le habían agregado el “E.” que le sigue, construyendo así una denominación tan altisonante, digna de cualquier “galán” de telenovela (novio, obviamente, de una “Rosita” despampanante). Sólo porque ya conocía de antemano la respuesta, nunca me atreví a preguntarle a mamá que por qué “Raúl” y no “Batman” o “Georgeharrison” o “Rumpelstiltskin” o algo más interesante (y menos televiso).

Después, pasaron los años y en la primaria pasé de ser “Raulitobravo” a “Peque”, por una pendejada. Muchos creían que era por mi diminuta estatura, sin embargo, era por algo muchísimo más idiota, e inverosímil: yo gustaba de comer galletas Mamut y, en algún momento, Gamesa decidió ponerle “Precio peque”, condenándome a que el imbécil de Dávila decidiera que ése, precisamente, sería mi nuevo apodo. Nunca me pude zafar de él; hasta la fecha, cuando veo a los amigos de la infancia me siguen llamando así. Ni modo, Gamesa pasó a chingarme, sin que me lo buscara. Huelga decir que jamás he vuelto a comer una galletita de ésas.

Llegué a la secundaria y mi nombre de pila, junto con el mentado “Peque”, desapareció. “Bravo” o “güey”, en su defecto, se convirtieron en las formas comunes de referirse a mí. No obstante, en el verano entre segundo y tercero de secundaria tuve la oportunidad de ir a Rusia, a jugar hockey; y, al regresar, bien originales mis amigos me empezaron a llamar “Ruso”. Ése no me molestó y, por fortuna, llegó para quedarse; se ha convertido, sin duda, en mi mote por excelencia.

Sin embargo, conforme el paso del tiempo, comencé a apreciar mi nombre real; en particular, mi segundo apellido: Aduna. Le encontré el gusto, por diversas razones. La primera, quizá un tanto obvia, era porque Aduna es un apellido infrecuente. La segunda, porque siempre tuve, de una forma u otra, muchísima mayor afinidad con mi familia materna. Las demás son irrelevantes (al igual que las ya mencionadas). Entonces, empecé a creer que el cargar con tan “diferente” apellido, me convertía en una persona especial, de facto.

Ahora, me vale un carajo. Utilizo el “Aduna” acompañando al “Bravo”, por mera practicidad: que no se me confunda con mi homónimo futbolista. Me gusta, sí, pero me parece igual de especial que “Pérez”, “Menchaca”, “Irigoyen” o “Martínez”. Al final, los nombres no son más que derivaciones de un mote, que algún antepasado nuestro se ganó por alguna condición física, moral o por el trabajo que realizaba. Sé que aduna en euskera significa “trigo nuevo”. Probablemente, proviene de que Adunito Cromagnon (no tan antiguo pero, digamos, el primero) era el encargado de llevar trigo a su pueblo; sin embargo, siempre se le olvidaba; así las cosas, la gente comenzó a referirse a él como “Ese cabrón, al que se le olvidó el trigo, de nuevo”; de ahí, pudo haber derivado en “se le olvidó el trigo, de nuevo”; derivando, a su vez, en “trigo, de nuevo”; hasta que la pereza fue tal, que se quedó en “trigo nuevo” y se le otorgó el vocablo aduna.

Hay una leyenda hermosísima que se cuenta en el País Vasco, que versa que cuando la escasez de trigo en aquellas tierras era demasiado grave, en un pequeño pueblito, a unos 17 km de San Sebastián, fue en el único lugar en el que volvió a crecer el preciado cereal por un tiempo. Aduna fue llamado ese lugar, haciendo honor a la hazaña lograda por tan pobre tierra. Yo sé, por el contrario, que Adunito Cromagnon, encabronado por cómo lo llamaba la gente, decidió conquistar el pueblo con una mula y siete kilos de trigo (la población estimada era de unos 3.728 habitantes, Adunito incluído). Después, quizá forjando los antecedentes más remotos de México y sus políticos (pues, en algún punto u otro, la familia Aduna llegaría a este país y le enseñaría a su gente cómo hacer las cosas), creó la historia oficial, ahora mito allende la chingada, y lo demás, pues está de más contarlo. Huelga decir que ahora la mula es prócer de mi pueblo, con estatua y todo, y el himno oficial se intitula “Los siete kilos de trigo”. O no, me da igual.

Mula

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5 comentarios en “Una de nombres

  1. Hola RAULIN……….. jijijiji, mi nombre a mi me obligo desde chica a investigar de donde diablos venia, Papa me conto una historia mentirosa, que aunque padre la tuve que desechar, jajaja. yo firmaria por siempre solo Melania le he encontrado cariño, un nombre infrecuente tambien, un lindo significado girego que me a ayudado hasta obtener trabajo. en fin todo esto inrrelevante.

    ME DIVERTI CON TU ESCRITO, ME SACASTE LA SONRISA, BESOS Y BUEN DIA CARNAL

  2. sí que está chistoso tu texto. La verda peque que no tenía idea del origen de Aduna, quizá en verdad tenga algo que ver el trigo; lo cierto es que en verdad tienes suerte de no llamarte Pánfilo, Bonifacio, Pancracio y demás que se acumulen, debías agradecer eso a tu mami.

    Un abrazo desde Oaxaca Rusito

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