La sabiduría del Éxodo sin apellido

La internet siempre había sido buena conmigo. A lo largo de 18 o 19 años de relación: me gané la lotería de Dinamarca tres veces, ocho veces la de Inglaterra y diecisiete la de Estados Unidos; Nelly Mercedes me ofreció, en repetidas ocasiones, réplicas de relojes Rolex de espléndida calidad a precios muy accesibles; Britney, Stacy, Mandy, Candy y (Syphilis) Sally me invitaron a irnos de fiesta y entrarle al hotsummerdating.com (seguido, por supuesto, de un boundtohappenassraping.net); no obstante el cariño que le tengo a mi pene, me han sugerido diversos individuos, e individuas, que aumente su tamaño para que pueda excretar verdadera virilidad y recobre la confianza que, al parecer, perdí hace años, sin olvidar, por supuesto, la oferta de medicarlo con una pastilla que le da más energía y sabor a pitufresas con gummi-bayas; etcétera.

            Pero resulta que en Guatemala, Perú o Comoras, da igual, se está poniendo de moda estudiar una nueva materia en las universidades, que puede ser cursada en cualquier programa de licenciatura, posgrado o kindergarten avanzado: charlatanería superior con laboratorio de óptica aplicado a variable compleja en fenómenos colectivos. En este curso tan complejo, guatemaltecos, peruanos y comoranos (y salvadoreños también, a lo mejor) aprenden a personificar, remedar, copiar, plagiar, interpretar, a cualquier persona que utilice la afamada red social Facebook, empleando las ya conocidas técnicas de usurpación de Marina Baura, usurpadas (para ser perfeccionadas) por Gabriela Spanic.

            Como en casa nunca tuvieron suficiente amor o nunca aprendieron a respetarse, estos (dizque) individuos (dizque) juegan a (dizque) ser alguien más, dizque con la intención de…

      … alguna intención han de tener. Jorobar al prójimo, probablemente. Expertazos que se han vuelto en el asunto, ni Procopio alcanzó los niveles que han perfeccionado estos impostores modernísimos.

            Hace algunos días fui víctima de alguno de ellos. Alguien robó todas mi fotos de Facebook y decidió utilizarlas para crear su propio perfil, un tal Raul (sic) Cruzado—al que mis amigos parecen querer demasiado e insisten que es mejor persona y más agradable que yo; honestamente, no lo dudo… no los culpo.

Y, sin embargo, me enoja. Me enoja porque tiene mis fotos. Me enoja porque ha creado, junto con otros individuos e individuas, una comunidad que (dizque) simula a las amistades más cercanas de mi novia. Me enoja que utilice mi foto en el TD Garden, con el jersey de los Bruins, sin tener la menor caraja idea de lo que significó haber estado el 6 de junio pasado ahí, siendo testigo de cómo, después de 39 años, Boston volvía a ganar la Stanley Cup. Pero me encabrona todavía más que escriba con faltas de ortografía y ni siquiera pudo plagiar mi nombre (de pila) correctamente.

            Decía un tal Éxodo, de apellido inexistente (o ya lo olvidé, da igual), que “no [hay que codiciar] la casa de tu prójimo […] ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno”, ni su pene, “ni cosa alguna” que le cuelgue; le faltó agregar, me parece: “ni su foto de perfil de Facebook, ni sus tuits, ni su Tumblr, ni su…

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