Lo que aprendí en mi último verano en Hogwarts

Harry Potter 7 part 2, Deathly Hallows, parte 2, Voldemort, Elba Esther, Monumento a la Raza, Harry Potter mexicano, HogwartsEl chistecito ya es por todos conocido: si Harry Potter fuera mexicano… y que si Hogwarts estuviera en México… ya lo sabemos, tras el examen de admisión, sólo el 6% de los aspirantes entrarían, digamos que 7 brujitos (o brujitas), pero que alrededor de 30 provenientes del Colegio de Confundusias y Helipathidades (afiliadas y anexas) se quedarán con sus lugares en las distintas facultades y, en nuestra versión, Hermenegilda, alumna distinguidísima, tendrá que irse al Instituto Tebológico Ata-Lenguas de Mnemosyne y pedir un préstamo y no poder pagarlo, entonces dedicarse a la prostitución mágica-kinky-súper-locochona y terminar inmiscuida en bisneses del narco con el capo de capos (un tal “Boldemorts”, al que también le dicen “pinche pelón maldoso”) y no poder llevar a cabo el sueño de toda su vida—ser doctora en dragonolística comparada avanzada, especialista en la aplicación de la teoría crítica socialista-realista a los estudios muggle de alta cultura—para terminar siendo una simple comprobadora y sacudidora de varitas (aunque no necesariamente de las mágicas), mientras que un tal Harry (de apellidos, quizá, López Obrador) intenta fundar una opción alternativa de educación, con su amigo (Gustavo) Ron-C, muy a pesar de una mutante muy parecida al tal “Boldemorts”, a la que también le dicen “pinche vieja culera”, que controla todo un ejército de mortífagos (o profesores del SNTE, da igual) y Harry se sacude la varita para chingarse a la “pinche vieja culera” y la “pinche vieja culera” le dice a sus mortífagos sindicalizados que se sacudan la varita y los mortífagos sindicalizados se la sacuden y el “pinche pelón maldoso” también le entra al quite, también se la sacude y etcétera.

Pero el chistecito ese, aunque sabroso, no es lo que aquí me interesa. Ya llegó a su fin la saga de la Rowling y tampoco me interesa si ha hecho que a los niños les interese leer ni que la gente se monta en la escoba mientras les toman fotos ni que la gente va al cine vistiendo capas ni que anden, los jóvenes, con las varitas de fuera, en mano, sacudiéndolas a cuanta cosa  que se mueve para ver si se mueven más. No, tampoco me interesa eso. Me interesa el chistecito pero, de alguna manera, invertido; más bien, tergiversado: y si México estuviera en Hogwarts, o más bien, si México fuera como Hogwarts.

No soy fan ni de las películas ni de los tres últimos libros (que son los que leí), pero hay algo que me llamó la atención de la última entrega de los filmes, que incluso me enseñó algo. Durante la que parece ser la batalla final pero que no es la batalla final, porque después sabemos que hay otra batalla final, aprendí algo. Más allá de hacer el bien en la cara de la adversidad y el mal, me di cuenta que los mexicanos sí tenemos algo qué aprender de la saga del maguito cuatrojos.

Justo cuando los canchanchanes de Voldemort están a punto de invadir la escuela, la profesora no-sé-qué sacude la varita  y partes de la escuela cobran vida. Estatuas que, al parecer, adornaban el castillo saltan para defender las entradas, para proteger su hogar y a sus, digamos, compatriotas. Las plantas hacen que los malvados se tropiecen y se los llevan a la tierra. Los cuadros ayudan a organizar la estrategia para que los hechiceros y hechiceras (casi todos menores de 20 años) se puedan defender de los pelafustanes encapuchados. Todo esto lo hacen porque su tierra se ve en peligro, más allá de que el mutante pelón se quiera chingar a Potter. Lo hacen porque entienden que lo suyo (amigos, familiares, lugares) está en peligro, que vale la pena cuidarlo porque es de ellos, porque es ellos.

Siendo que nuestro país se encuentra en un punto tan aciago y es asolado por algo mucho peor que Voldemort y unos cientos de Mortífagos (diputados, gobernadores, funcionarios públicos, Agustín Carstens, estudiantes mediocres, escritores vanagloriados, antreros anoréxicos, futbolistas obesos, Ninel Conde, narcotraficantes, proyectos alternos de nación, Juan Gabriel, Fabiruchis, policías, profesores sindicalizados, ciudadanos mugrosos, desconsiderados, nefastos, Salinas de Gortari et ál.), precisamente, México tendría mucho que aprenderle a Hogwarts. O sea: a quien vaya por Reforma, tirando la envoltura del Gansito a la calle, ni modo, la Diana Cazadora le sorraja un flechazo a la nalga izquierda y, ay güey, cómo duele, y se da cuenta que eso no se hace; si se da un caso de violencia a la mujer en la Alameda, chin, se levanta el Benemérito de las Américas para tronarse un pedo que retiemble en sus centros el hemiciclo para tumbar al agresor, mientras todos los carritos de esquites, también, ayudan a la damisela en peligro, para atrapar al condenado; con América encontrada, Cristobal Colón podría estar en busca de malhechores y, al encontrarlos, aventarles a Fray Toño, Fray Pedro, Fray Diego y Fray Bartolomé, que fácilmente se quiebran a cualquiera; el águila del Monumento a la Raza podría sobrevolar la ciudad en busca de fumadores que tiren sus colillas a la calle, cacharlas antes de que toquen el piso y, órale, de regreso a los ojos del fumador, para que lo piense dos veces antes de querer tirar la próxima vez una colilla a la banqueta; en la próxima temporada de lluvias, que todos los “bajopuentes” del sur de la ciudad se pongan de acuerdo y, en vez de saturar sus pequeños espacios, que vayan en busca de todos los funcionarios públicos que no han movido un dedo en los últimos veinte años para arreglar sus problemas y les vuelquen sus camionetas y maten a sus hijas; si un día ya, de plano, la ciudad está de la chingada (como parece estarlo) que se levante el Caballito, cual iceberg, para enseñarnos que, en realidad, es un caballote, y comience a trotar por toda la ciudad devastando, arrasando, demostrándonos lo que verdaderamente… etcétera.

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