Ignorar que vivimos…

No quiero recordar ni conocerme.
Somos demasiado si miramos en quien somos.
Ignorar que vivimos
Satisface bastante a la vida.
— Fernando Pessoa

C. es mi mejor amiga de la maestría. Ya suman varias las noches de alcohol juntos; también los desayunos de después de las dos de la tarde en condiciones deplorables. Caminamos por el centro de la ciudad, con y sin rumbo, y hasta con intenciones—repletas de pavor, puedo confesar—de acercarnos a los jóvenes sin hogar de la Guerrero. No puedo recordar si hemos tomado helado juntos, pero tengo muy claro que uno de los mejores helados de pistache que he probado fue en su compañía, mientras divagábamos por San Miguel de Allende, donde, más tarde, seríamos los últimos en seguir brincoteando en la pista de baile de una boda en la que los mismos novios ya habían desaparecido. No han faltado, como supongo en toda buena amistad entre personas en sus late twenties, nuestros encontrones—o descuidos—amorosos, al mismo tiempo que celebramos cuando nos contamos de nuestras andanzas y aventuras del tipo con otras personas. Nos ha tocado desvelarnos para terminar trabajos finales con tazas de café culerísimo, e intentar hacer tarea mientras uno u otro, indistintamente, comparte las chingaderas que encuentra en Buzzfeed. Nos hemos hartado de nosotros, de uno o del otro o de ambos, sin temor a externarlo, a sabiendas que al día siguiente todo va a estar bien. Compartimos la música, el cine y la literatura que nos apasionan. La mañana se ha colado entre nuestras pláticas de toda la noche, mismas en las que, no sé si ella lo recuerde, yo he terminado en lágrimas tratando de entenderme más de una vez.

            Entre C. y yo no hay todavía una amistad de hierro—de ésas que se forjan con sosiego, a lo largo de años y años, de whiskey, paseos en bicicleta, encuentros, desencuentros, evoluciones personales y un longuísimo etcétera que me parece imposible de retratar con unas cuantas palabras—, pero sí un cariño bastante tangible. Y aunque frecuentemente me cuesta trabajo comunicarme con ella (tanto ella como yo somos de “sangre pesada”), C. es una persona con la que me siento en la (¿?) confianza de poder mostrarme con todo y costuras, con los defectos por delante.

            Y hace algunos días, al reencontrarnos después de un par de semanas sin vernos, le platicaba a C., mientras esperábamos que nos abrieran la puerta para entrar a la fiesta a la que íbamos, que había estado, y sigo estando, mal en términos emocionales—me gustaría decir que desde que terminé con mi ex novia, pero lo cierto es que esto ya lleva más tiempo andando. A lo que respondió, supongo que era uno de esos días de poco entendimiento entre nosotros: “Pues yo te veo muy entero”. Traté de explicarle que, vaya, no me tiro al suelo a llorar, ni dedico mis mañanas a ver películas de Renée Zelwegger con un litro de helado en una mano y uno de mezcal en la otra, ni he dejado de ir al trabajo y que cumplo con mis tareas de la maestría en la medida de lo que puedo, pero que, en términos efectivos, estoy hecho pedazos emocionalmente y que, sin embargo, estoy tranquilo con ello. Lo veo como parte de una experiencia más de lo cotidiano, pues. Pienso sobre ello, hago cambios pequeños en mi vida para atenuarlo, pero sin buscar la respuesta à la Oprah, que me devuelva la felicidad y se lleve mis kilos de grasa en 3 sencillos pasos y dos TED Talks.

            Estábamos por comenzar una conversación al respecto, cuando por fin nos dejaron pasar. Pero C. iba a decir que vivimos en una sociedad, o rodeados de ciertas personas, en la que parece imposible externar un malestar que vaya más allá de nimiedades. “¿No te parece que todos estamos como ya demasiado acostumbrados a ver que todo va muy bien?” Y pues sí, C. tiene razón. Se vale quejarse de factores externos, siempre y cuando se vean en abstracto: el trabajo, la ciudad, el gobierno, la industria editorial, las mujeres y los hombres, las pinches redes sociales, el amor, el futbol, los tacos de canastas… Pero en el momento que esas incomodidades son producto de nuestras propias acciones, automáticamente se vuelve imposible de externar y da miedo que alguien lo haga con franqueza y sin horror.

            Sé que es un mito que probablemente arrastramos desde hace siglos o milenios, esta idea de que no podemos mostrarnos vulnerables frente al otro y los otros, pero tengo la impresión de que al colgar nuestra intimidad en el escaparate de las redes sociales—LAS redes sociales—, estamos construyendo unas identidades misteriosísimas que se escapan de la experiencia humana. El fracaso, la derrota y la tristeza franca y llana parecen ajenos a lo que somos; a menos, claro, que se utilicen a la derrota y el fracaso como estandartes del éxito futuro y a la tristeza como tomo sesudo de sabiduría que debemos palear para poder comprender la verdadera alegría de la, con todo y redundancia, alegría.

Sospecho que así nos construimos por pavor, pavor a que, si el de enfrente se reconoce roto y emocionalmente resquebrajado, no me queda mucho antes de empezar a hacer lo propio…

@rbaduna

Para continuar la conversación:

Why Writers Are the Worst Procrastinators, de Megan McArdle

Dear God, my life seems to have no point

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5 comentarios en “Ignorar que vivimos…

  1. Y quizá el pánico que nos genera abrirnos a capa y espada sea mínimo contra el peligro de pensar y asumir que es un lugar común sentirse triste, acostumbrarse a ello por ser parte de la vida y terminar haciendo cosas estúpidas para aminorar la sensación de infelicidad. Hablar, cantar, escribir sobre cómo nos sentimos nos ayuda a entendernos y además de liberador es el primer paso de “aceptación” para reacomodar el rompecabezas.

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