Cómo fue que no corrí la maratón de la ciudad de México

Vamos a decirlo de una buena vez: TODOS odiamos a los corredores. Incluso yo, que corro alrededor de 50 kilómetros a la semana, no soporto el gremio: flamantes nalgas y déstos embutidos en neopreno, ruidos como de trenecito averiado que sólo detiene sus exhalaciones para revisar que su paso no se retrase ni medio segundo, los tenis traídos de Walla Walla, Washington, pero diseñados por un monje tibetano que despacha desde el quinto piso de un edificio en Acaponeta, Nayarit, recomendaciones alimenticias interminables y estudios absurdos que demuestran cómo el consumo de 739 miligramos diarios de bellota coscoja importada de Armenia puede hacer que mejores la evacuación previa a una carrera. Los corredores cansan, y cansan rápido, sobre todo ahora que tienen la oportunidad de presumir tanta hazaña y medalla y outfits cuando hay un 5k instagrameable.

No soy corredor, soy jugador de hockey. Pero en algún momento empecé a correr para mejorar velocidad y equilibrio en el hielo. Al principio, apenas y podía correr 400 metros. Mis pulmones, que todavía resentían 10 años de humo de cigarro, se vencían a cada paso. Cada centímetro avanzado presentaba una plétora de pretextos para claudicar.

Tampoco podía dar más de quince pasos antes de que la aburrición me invitara a desistir. Porque correr, como es entendido por los corredores, es una actividad aburridísima.

Sin embargo, conforme fui mejorando, en tiempos y técnica, debo admitir que desarrollé cierto gusto por correr. Empecé a saborear esos últimos 200 o 300 metros para agotarme en un sprint comparable sólo con las carreras que pegábamos para alcanzar los bebederos en la primaria al terminar el recreo. Aprendí, también, a usar esos minutos para pensar en todas las nimiedades, ridiculeces e impertinencias abandonadas por culpa del trabajo y la escuela. Aprendí, pues, a dejar a mi mente y sus palabras echar carreritas con las ideas que me agobian u obsesionan, dependiendo el día y la hora.

En suma, correr transmutó en actividad de mi vida cotidiana, incluso cuando salgo de viaje.

Jamás me convertiría en uno de ésos que van por el mundo participando en carreras para ver si un 10k sabe distinto en Madrid, Berlín, Comoras o Tingüindín, Michoacán. No obstante, ahora disfruto de conocer y pasear corriendo. Hay algo de íntimo, y especial, que regala correr las calles de una ciudad desconocida a las seis o siete de la mañana, cuando ni siquiera sus propios habitantes han salido de cama para apropiársela.

En marzo del año pasado, mientras corría tranquilamente a la orilla del lago Michigan en Chicago, fue que tuve tan pinche revelación: si podía aguantar doce, trece kilómetros con frío, viento, cansancio, fácilmente podría correr 42 en el Distrito Federal, cliente frecuente de mis pasos. Además, llevaba el suficiente tiempo sin coger como para pensar que esa energía guardada bastaba hasta para ganar la Ultra maratón de los Cañones.

Huelga decir que son pocas las ideas de las que me he arrepentido tanto de tenerlas.

Una vez tomada la decisión, compré unos tenis a la altura, y precio, de la empresa y un chip para medir tiempos, distancias y “logros”. No sé si sea común, pero comencé muy bien. Empecé a correr quince kilómetros diarios. Mi cuerpo solito me obligó a cambiar hábitos alimenticios y de sueño. El buen humor llenaba mis mañanas, tardes y noches. Bajé de peso considerablemente. Hasta me veía medio guapo, he de admitir.

Pero con tanta bondad llegó también lo siniestro, casi inmediatamente: cambié mis shorts por mallitas de spandex, me puse a contar calorías, porcentajes de grasas, carbohidratos y proteínas diarias, compartía mis KMs, preocupaciones y tips a la menor provocación, incluso leí el infumable libro de Murakami sobre por qué es fregonsísimo ser Murakami y correr y escribir, y ser Murakami mientras haces ambas. Me convertí en uno más del gremio.

Conforme se acercaba la fecha de la carrera, me tomé más en serio el entrenamiento. Y ahí fue cuando volví, poco a poco, a la realidad ramplona y no corredora. Me di cuenta de lo muy desgastante que era correr más de veinte kilómetros al día y de cómo mi cuerpo ya no lo iba a poder soportar por mucho tiempo más. Descubrí que, después del kilómetro 15, mi cerebro desaparece y mi cuerpo deja de ser cuerpo para ser dolor—ni siquiera un dolor motivacional, no, sino un dolor de ésos que sólo te dan ganas de solventar llorando y llorando, con litros de helado en mano, y peluche de la infancia a un lado.

Mi terquedad, sin embargo, ganaba. Había hecho el compromiso conmigo. Había tomado ya una decisión. No podía abandonar. No podía “fracasar”. No podía dejarme vencer por mi propia debilidad.

Ahora sé que debí haber abandonado, debí fracasar en aquel momento y debí dejarme vencer por mi propia debilidad. Debí haberlo hecho por una razón sencillísima: ya no disfrutaba de correr. Y quizá es lo que más me sorprende de los corredores de ocasión que se toman demasiado en serio: poder sobrellevar tanta chingadera física por el mero hecho de poder sobrellevar tanta chingadera física.

Fue entonces que cambié mis días de descanso en cama por días de descanso en alberca, para cuidar mis rodillas y ser un “corredor” responsable. Y si bien correr seguía siendo un tormento, tortura equiparable sólo con los kilómetros de tareas inservibles de la educación secundaria, mis semanas se alegraban cuando llegaba el momento de relajarme un rato y ejercitarme, mejor, bajo el agua.

Dos semanas antes de la maratón, ya habiendo corrido una maratón completa de entrenamiento, ya habiendo entrenado todo lo que debía entrenar, y ya comenzando a bajar el ritmo de entrenamiento para estar listo para la carrera, en un día descanso me lastimé. Nadando de sapito—como más disfruto hacerlo—, hacia el final de mi sesión, mi pantorrilla se desgarró.

Y ya. Sin más, ahí quedaron mis meses de entrenamiento, mis kilómetros y kilómetros de pesadumbre y dolor, mis actualizaciones y posts de Nike+, las horas invertidas en la lectura de recetas, recomendaciones y rutinas, mis lágrimas por sentir un dolor inenarrable después de correr 43 kilómetros seguidos por primera vez, etcétera. Ni siquiera fui a recoger mi número.

No corrí la maratón de la ciudad de México, y me alegra. Ahora vuelvo a correr por gusto y siempre con una sonrisa en los labios—porque nunca corro más de 11 kilómetros y siempre a un ritmo disfrutable—, casi bailando lo escupido por mi iPhone aleatoriamente. Quién sabe qué hubiera pasado de haber corrido y terminado la maratón. Tal vez nunca hubiera vuelto a correr, o tal vez ahora compartiría en Facebook las medallas obtenidas en las maratones de Madrid, Berlín, Comoras o Tingüindín, Michoacán. Pero me alegra no haberlo hecho, y así jugar a correr como jugaba corriendo, un poco como cuando niño.

Tal vez, sólo tal vez, no odiamos a los corredores: odiamos lo que han hecho con una actividad tan entrañable y disfrutable como es correr.

Fuente: The New Yorker
Fuente: The New Yorker
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3 comentarios en “Cómo fue que no corrí la maratón de la ciudad de México

  1. Entrenar para un maratón, es sin duda un gran placer sólo cuando en verdad se traen muchas ganas y motivación. Si no se logra encontrar el disfrute, no hay porque torturarse. Somos suficientes l@s loc@s que le encontramos un delicioso sabor a cada km. Cómo sugiere Murakami, para poder correr al menos dos horas a solas, uno debe poder sentirse cómodo con un montón de pensamientos que invaden durante el recorrido. Un buen playlist ayuda a algunos (a mi me permite ir cantando mientras corro), hay quienes prefieren correr sin “distracciones” para disfrutar el entorno, probablemente la solución es encontrar el método que mayor felicidad nos genere.

    Yo creo que volveré a correr un maratón este año.Y permíteme confesar que si me saben diferentes las carreras en diferentes ciudades y países. Alemania sin duda es de los mejores países, pues al final de muchas carreras te espera una cerveza (sin alcohol por supuesto) servida en óptimas condiciones para una rápida recuperación.

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