Miedo a leer

a Paulina y su William Shakespeare

Me aterra Shakespeare. No es algo que me angustie, pero tampoco me enorgullece. Estudié letras inglesas y uno supondría que es razón suficiente para desvivirme por sus palabras y sus musicalidades. Al acercarme al bardo, no sé por qué, mi cerebro se bloquea, mis sentidos se cruzan y hay una vocecita detrás de mi oreja izquierda que repite y repite “Ya, déjalo, será para otro año, u otro lustro. Ni modo”.

 Recuerdo bien cuando mi infancia registró para siempre tan potente apellido. Era 1996, tal vez ya el ‘97, yo tenía 10 años y estaba enamorado de Cristinita Alfaro, novia primera de mi vida y eternamente guapa, guapa, quien, a su vez, probablemente estaba enamorada de Leonardo Di Caprio, como pasaba con cada niña de 10 años, en 1996, o tal vez ‘97. Se acababa de estrenar Romeo + Juliet de Baz Luhrmann. Las jovencitas de mi primaria estaban vueltas locas por el filme. Yo ni la había visto, pero intuía que era importante—no porque fuera adaptación de Shakespeare, sino porque salía Leo. Para algún trabajo de la escuela hicimos una representación, producto de una melcocha mal mezclada de la película con lo que suponíamos era la obra “original”, y en la que sonaba Gershwin en el fondo, porque suponíamos, también, que la música de Gershwin se asemejaba a la de la época isabelina.

 No recuerdo si nos fue bien o mal. Tampoco recuerdo cuál fue mi personaje. Descubrí, sin embargo y sin claridad, tres cosas que permanecieron: la música isabelina—entendida como la de Gershwin—me fascinaba, es imposible competir con Di Caprio y Shakespeare me parecía aburridísimo (aunque yo ni supiera de qué iba su cotorreo).

 Tal vez fue augurio o tal vez lo he tomado así para sugestionarme, pero desde entonces no me he podido sentir cómodo con tan titánico escritor.

 En la secundaria, Hamlet—o los fragmentos que pude terminar de ella—me llevó a concluir que la no existencia es la única alternativa posible, cuando uno está en clase de la Luchadora ni siquiera pudiendo entender de qué hablan compañeros y profesora, porque lo que habías leído no se asemeja ni tantito a lo que comentan en el salón. En la prepa, creo que me perdí de Macbeth jugando dominó y tomando cerveza. Y no me arrepiento, para que quede en el expediente.

 Años más tarde, cuando conocí a Julián Meza me enamoré de Shakespeare en abstracto. Al escucharlo hablar de él, o al leer a Borges mencionándolo, me parecía fascinante todo lo que aprendía sobre el bardote. Recuerdo una noche en la que Julián me platicó precisamente de Macbeth, entre whiskeys y cigarros. Regresé a casa a las 4 de la mañana, mareado, embrutecido, pero con ganas brutas y mareadas de leer la obra. No me pude contener y desempolvé el clásico al sacarlo del librero. Después de tres brujas dije “Never more”, y me fui a dormir.

 Al decidir estudiar letras inglesas sabía que no podría esquivarlo, aunque logré torearlo hasta cierto punto. Me topé, con sorpresa, con un Shakespeare profundamente amable, divertidísimo y socarrón en Twelfth Night y debo admitir que varios de sus sonetos pude apropiármelos y conversar con ellos íntimamente más de una vez. Le perdí un poco el miedo, pero nunca el respeto, incluso cuando tuve frente a mí a un profesor fanfarronsísimo que nos gritaba por no decir exactamente lo que él quería que dijéramos sobre Otelo en un salón de clases.

 Mi relación con Shakespeare es de humildad. Entiendo mis limitaciones frente a él. Puedo leerlo, sí. Puedo “entenderlo”, un poco. Y puedo incluso “enseñarlo”, con reservas. Pero nunca he podido conversar con él, porque nunca he podido tener al alcance las “herramientas”—palabra horripilante cuando de literatura y artes se trata—indicadas y quizá nunca las vaya a tener. Buena parte de ser lector implica reconocer, en muchísimas ocasiones, frente a muchísimos autores, que no siempre podemos penetrar el texto, entretejernos con lo que leemos.

 Hay lecturas supuestamente fáciles y supuestamente difíciles, pero me cuesta trabajo identificarlas tan claramente en mi vida. Hay libros que, me dicen y escucho, son hermosos y ligeros, como la Rayuela de Cortázar, por poner un ejemplo solo, con los que no puedo conversar ni entenderlos y me siento obligado, tal vez derrotado, a desecharlos.

 Pero el asunto es conversar y hay muchas formas de hacerlo. Con abue Montaigne, me siento en el piso, apoyando el peso en mis brazos, para escucharlo en silencio, tratando de aprender aunque sea poquito de lo mucho que comparte. Con Borges platico, torpe, tratando de seguir el alud de ideas que vierte sobre mí a cada oración. Con Hemingway y Carver me tuteo, borracho, y los mando a chingar a su madre cuando no me parece lo que hacen. A Szymborska la abrazo, callados. Y a E. B. White le pido consejos prácticos.

 Hace unos días leí una defensa, “políticamente incorrecta”, de Pablo Boullosa sobre la jerarquización de la cultura. Es cuestionable lo que dice—en suma, hay que hacer distinciones claras sobre lo que es y no es cultura, para poder protegerla, defenderla y compartirla—, pero en medio de su argumento encuentro una idea valiosísima: leer se trata de humildad y de reconocimiento, de cultivar con esfuerzo, una lucha constante contra el narcisismo y la autocomplacencia. Y tal vez es por eso que, a cada tanto, trato de volver a Shakespeare, trato de volver a entenderlo, para reconocer que lo que leo cómodamente, no siempre es lo que mayor eco va a dejar en mi vida.

 Hoy, por lo pronto, saco a Otelo del estante.

 

Para continuar la conversación:

“El extraño caso de la cultura y Mr. Hyde”, de Pablo Boullosa

 

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